Descripción
En La Sala Grande resuena la voz intransigente de la
vejez. Y en seguida creemos oír como un eco de
antiguas palabras: “Soy viuda… ¡antes fui muy seria y
no he nacido para convertirme en esqueleto!”. La que
habla es una mujer acabada, paralítica, exangüe,
postrada en la sala de un asilo. Y habla de un tema casi
prohibido en la literatura: la disolución intelectual y
física de los seres cuyo fin está cerca. Con voz
auténtica y fidedigna. Quien afirma esto respira
diariamente ese olor indefinible a ropas tiesas por el
apresto, a carne macerada e irritante como el polvo de
los graneros, y que rodea, como una aureola nefasta a
aquellos y a aquellas que “El tiempo ha excluido de la
vida”. No hay más que una vejez: la suerte de la que
yace en un camastro de hospital y la de la viuda
sentada en su butaca es una misma. La camisa áspera
de la recluida en el asilo cubre igual decadencia que
esa coquetería fúnebre bajo la cual, restos humanos,
con el corazón palpitante aún, querrían participar en el
carnaval de una vida que se deshoja. Los ojos
resplandecientes de los ancianos contienen, en su
brillo triste, una excusa por seguir luciendo un rostro
que se desmorona; pareciendo decir: “¡Sí, soy yo!
Toda v í a es toy aquí ” . Esos seres humanos
semipetrificados se asemejan extrañamente, sin
embargo, a los adultos y a los niños que ellos mismos
fueron. Y a menudo no valen mucho más. En ellos, el
querer vivir no se ha extinguido. El deseo, la pasión, el
capricho sobreviven. A ninguno, la experiencia de los
años había comunicado esa sabiduría o esa serenidad
de los bondadosos abuelos que aparecen en los libros.
Una mujer vieja, esposa abnegada y madre tierna, es la
débil heroína de esta historia. Sueña en medio de otras
mujeres, tan viejas como ella, menos prudentes que
ella y que, desde una sala de hospicio, miran a través
de las ventanas la ciudad donde se desarrolló su
pasado.





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