Descripción
En los siglos fundacionales, el Cristianismo tomó del mundo helénico una parte importante de sus logros intelectuales para sentar las bases dogmáticas y apologéticas de la nueva religión modelándolos según sus intereses. La racionalidad griega, con Platón y Aristóteles en la cúspide, sirvió a los paleocristianos de los siglos I y II para disponer de un fundamento conceptual para una creencia que surgía del judaísmo, amalgamando aspectos de otros cultos vecinos. Pero era preciso pulir las aristas escabrosas, como la moral sexual, que entorpecían su mensaje ecuménico.Se soslayó la pederastia y otras prácticas que no encajaban en el nuevo canon del cristianismo. El maquillaje con el que se camufló a Platón fue tan eficaz que el platonismo censurado devuelto a la Filosofía resultaba irreconocible. Esa idea de la antigua Grecia prevaleció en la enseñanza, durante siglos en manos de la Iglesia, y todavía perdura.He intentado una restauración de la imagen desdibujada de Platón para retornarla a su época, la Atenas del siglo V. a. C., en sus rasgos básicos. El más llamativo es el de la sexualidad entreverada con la educación, o sea la enseñanza pederástica; difícil de aceptar para nosotros, pero menos extravagante para los griegos, que mantenían una actitud ambivalente, con diferencias y matices, en toda la Hélade, de Atenas a Esparta.Algunos estiman que la postura del filósofo no era más que esnobismo y mojigatería, aunque revelaba un tipo de relaciones que sí se daban realmente; otros la califican de audaz, al asociar la posición vacilante de Platón a un entorno complejo, laxo e incluso permisivo en materia sexual (ahí estaba Aristófanes para probarlo).Poco importa lo que piensen unos y otros, porque lo relevante es cómo cada lector juzgará este libro, que desde ahora ya no me pertenece.





Valoraciones
No hay valoraciones aún.