Descripción
El sentir como cumbre del espíritu. El poema es un altar. El poeta, su guar-dián. Pero el sentir… El sentir es la divinidad que lo habita. No vengo a escribir poemas. Vengo a respirarlos. A tocarlos con el alma. A dejar que me atraviesen como relámpagos de luz. A sentirlos hasta que me duelan. Porque el sentir no es emoción. Es su transfiguración. Es el Everest del alma, el doctorado del espíritu, la forma más alta de la sensibilidad humana. Y por eso nace la sentiesía: una corriente que no se escribe, se encarna. Que no se recita, se vive. Que no se limita a la palabra, sino que la desborda, la desarma, la trasciende. Yo soy un sentieta. Y mis textos son sentiarios, sentiemas: caminos escritos a diario con el pulso del alma, con la voz robada al poeta y las letras prestadas por la poesía. Día a día.





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