Descripción
Después de aquella lectura íntima cuan coctel de crudas verdades, no hicieron preguntas, no se reprocharon nada, no abrieron debate ni hubo queja ni protesta alguna, solo asentían con sagrada aceptación. Ambos hombres entraron en un estado de trance, como sumergidos en un ritual alquímico de transformación. Desde algún lugar distante, llegaron hasta ellos dos gritos simultáneos: el de un parto y el de un funeral. Una multitud invisible lloraba por dos almas que partían, mientras celebraba dosnuevos comienzos.Las almas humanas pueden nacer y morir dos veces. Nacen al salir del vientre materno y pueden renacer si abrazan su Propósito dentro de la Gran Obra del Todo. Mueren de apoco cuando le dan la espalda a su Propósito y acaban muriendo definitivamente al cerrar los ojos por última vez: algunos en paz, por haber vivido con plenitud; otros, consumidos por el remordimiento de no haberlo intentado. Así se entiende el misterio de las dos placentas y los dos cadáveres a cada lado del océano de la vida.Frente a ellos un horizonte dorado sonreía. A lo lejos todo parecía brillar, pero un océano imponente de aguas salvajes les desafiaba.Y sin más, cansados de la cobardía, la apatía, las excusas y la inacción, decidieron conscientemente sumergirse en las profundidades del gran océano de la vida, a riesgo de ahogarse o tal vez, a riesgo de observar más de cerca aquel horizonte dorado hasta alcanzar la otra orilla, la orilla de aquellos que fueron uno con su Propósito y trascendieron el tiempo y el espacio para fundirse con la Gran Obra del Todo.





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